Free Web Hosting Provider - Web Hosting - E-commerce - High Speed Internet - Free Web Page
Search the Web

Travesti simplemente humano como todos

Travesti simplemente humano como todos

Travesti simplemente humano como todos Libro de visitas

El travestismo

CARTA DE UN TRAVESTI A SU ESPOSA

Mi adorada:

Al momento de escribir esta carta, me encuentro a miles de millas de distancia de ti

y mucho me duele esta separación. Tengo presente, y esto me hace quererte más aún, el

saber que tu te encuentras atrapada en un laberinto de confusión mental, aunque a mí no

me manifiestes más que tranquilidad y bienestar cuando estoy contigo.

Quisiera aprovechar estas horas de calma para esbozar para ti ciertas

informaciones acerca de mis fuertes impulsos transgenéricos, de los que tu estás

enterada. Confío en que puedan aliviar parte de tu confusión y ansiedad.

Aprecio tus esfuerzos por informarte mejor acerca de la naturaleza de mi

aberración * (a falta de una palabra más adecuada) leyendo cuanto texto especializado

puedes conseguir. Permíteme asegurarte, adorada mía, que yo ya he pasado por todo

* A finales de los ‘70, la Organización Mundial de la Salud (WHO, por sus siglas en inglés) modificó sus clasificaciones en virtud

de los nuevos y contundentes descubrimientos acerca del travestismo. El término taxonómico adecuado para clasificar esta práctica

es el de “Filia” (que significa “preferencia”, “gusto por...” (N.del Ed.).

eso, igual que cualquier otro travesti que haya conocido, con mucho mayor avidez y con

mayor profundidad de asimilación de la que creo puedas llegar a tener tu con respecto a

esta cuestión, simplemente por el hecho de que tu no eres uno de nosotros. Déjame que

intente, en mi calidad de persona involucrada, tratar de allanar el camino de tu búsqueda

por medio de estas breves, escuetas explicaciones.

Nadie, hasta ahora, ha conseguido explicar satisfactoriamente las causas de esta

conducta; así, a falta de una mejor, te expongo la mía:

En primer lugar, a estas alturas tu ya sabes que el travestismo constituye un fin en sí

mismo y que nada tiene que ver con lo que tu conoces como homosexualidad. Una década

de dedicadas relaciones conyugales, de múltiple paternidad, de integridad, de amor por tí,

estoy seguro de que son pruebas suficientes para tí y que tu lo entiendes mejor que nadie.

Confío plenamente en tu inteligencia. Abre tu corazón y pregúntate si el hombre que es el

padre de nuestros hijos, tu esposo y tu amante debe o puede ser marcado con tan cruel

calificativo.

Esta ausencia de vinculación con conductas invertidas, ya sea declaradas o

latentes, ha sido expuesta por opiniones tan autorizadas como son todos los

investigadores clásicos como Freud, Krafft-Ebbing, Jung, etc. y puedes comprobarlo por

tu propio conocimiento de mí. Estos estudiosos también han demostrado a su satisfacción

que la represión o rechazo de este impulso sólo redunda en otros tipos de personalidad de

naturaleza indeseable debido precisamente a haber coartado la necesidad de su

expresión. También han comprobado que esta condición no responde a ningún método o

tratamiento, ni físico ni psicológico; todos los intentos realizados en ese sentido sólo han

contribuido a hacer más ingente la necesidad. Tu misma has sido testigo, en estos diez

años, de los resultados de mis esfuerzos por abandonar mis inclinaciones, cuya inhibición

me causó úlceras, hipertensión, etc., consecuencias que, con seguridad, deben haberte

impresionado al grado de moverte a estimular y ayudarme a manifestar mi travestismo.

Estoy seguro de que te diste cuenta, en base a tus observaciones personales, que el

método más eficaz para lograr la tranquilidad es el permitir su expresión. Y tienes razón.

A partir del momento en que me diste tu aprobación y tu maravillosa asistencia, mi

amor por tí y mi disfrute en nuestro matrimonio se incrementaron de una manera

indescriptible. Mi vida actual está libre de falsedades y aprehensiones y he dejado atrás

las profundas angustias que son el resultado de tan aguda frustración.

Nosotros los travestis sabemos que la mayor parte la gente, por desconocimiento,

considera que las conductas transgenéricas son una confesión explícita de

homosexualidad activa o latente, o, cuando menos, una declaración de mariconería o de

virilidad dudosa. Conociéndome como me conoces, querida mía, sabes que no es así. Los

atributos masculinos personales que desde un principio te atrajeron a mí, tu bien lo sabes,

constituyen una parte integral de mi personalidad, de la misma manera que mi

travestismo. Eso ha sido desde siempre un constituyente de mí y, como tal, fue un factor

definitivo que contribuyó a hacer de mí la clase de hombre que te atrajo lo suficiente como

para casarte conmigo.

Para aquellos de nosotros así privilegiados (o afligidos), esta compulsión puede

llegar ocasionalmente a tan incontrolable intensidad que entonces sentimos que

estaríamos dispuestos a abandonar cualquier otro propósito y cualquier otra ventaja, con

tal de gozar de la oportunidad de satisfacer nuestro deseo devorador.

Afortunadamente, sin embargo, somos personas racionales y estamos conscientes,

por supuesto, de que no es posible vivir absteniéndonos de expresar nuestras

tendencias; pero, para todos y cada uno de nosotros, una existencia así restringida, no es

vivir. Somos capaces de reprimir nuestros deseos si suponemos que su expresión puede

causar infelicidad a nuestros seres queridos o hacerlos perder el respeto que nos tienen.

Por desgracia, vivir así nos significa una agonía constante. No hay término más apropiado

que “agonía” para significar nuestro estado de ánimo. El anhelo, la ansiedad, el deseo de

vivir la profunda y serena tranquilidad de un interludio de expresión travestista provoca

tan intensa perturbación mental cuando nos esforzamos por negar la urgencia de nuestro

impulso, que nuestra vida se convierte un una mentira complicada y amarga que va

creciendo cada vez más en complejidad y confusión.

Comprendo que, debido a tu educación conservadora, hayas tenido muy poca

información acerca del travestismo y que esa tan escasa información en realidad sea la

opuesta a la verdad. Comprendo asimismo que tu puedas hasta cierto punto considerar

una invasión de la privacía personal o una forma de divulgación de cuestiones íntimas el

hecho de que tu me ayudes a transformarme en una mujer atractiva. Tal vez llegues a

sentir una especie de resentimiento porque no dejas de tener consciencia de que, detrás

de esos vestidos y cosméticos, sigue habiendo un varón; y no un varón cualquiera, sino

aquel que tu has desposado y que no deberías ni intentar siquiera descubrir el íntimo

secreto de si lo sigues atrayendo todavía y si sigues provocando su interés. ¿Por qué — te

preguntas— este hombre, que es tan masculino, cuya masculinidad es lo que más me

atrae de él, pretende interesarse en los detalles personales de mi arreglo y de mi

guardarropa, y aprender todos los artificios, todos los trucos cosméticos de una mujer?

Voy a intentar, querida, decirte por qué y también tratar de responder a otras de tus

preguntas. Mi intento bien puede llegar a ser una empresa descomunal, pero confío en

que me conoces lo suficiente como para poder seguir el hilo de mi exposición aunque, de

cualquier manera, intentaré exponerte mis puntos de vista en un lenguaje sencillo y

comprensible, así como recurrir a las frases con las que tu ahora estás familiarizada.

Como tu bien sabes, cuando me permito dar rienda suelta a mis breves períodos de

fantasía, tanto tu como nuestros amigos travestistas me tratan con el nombre de

“Theresa”. Esto parece afectarte de alguna incierta manera que no consigo determinar y

tu no puedes tampoco explicármela. Este detalle de trato te resultará perfectamente

natural si tan sólo lo consideras de la siguiente manera: Nosotros únicamente simulamos

convertirnos en chicas y nunca dejamos de estar conscientes de que, en realidad, somos

varones; por lo tanto, no temas que lleguemos a estar inconformes con nuestra

masculinidad ni que pretendamos transformarnos definitivamente en mujeres. Cuando nos

acicalamos con prendas femeninas y logramos una apariencia tan aproximada como nos

es posible con una muchacha de verdad, lo cierto es que simulamos ser una chica durante

el breve tiempo de nuestra indulgencia, pero eso no es más que una simulación y nunca,

definitivamente, la realidad. De ninguna forma tratamos de probar que padecemos de

“personalidad múltiple” ni nada por el estilo. Usamos un pseudónimo femenino

únicamente para describir nuestra URGENCIA travestista que motiva nuestras deliciosas

(para nosotros) personificaciones; así como también para describir la imagen que

intentamos conseguir. El nombre femenino sólo describe esa parte de nosotros que se

involucra en nuestras tendencias transgenéricas. En cualquier otra circunstancia ajena al

ámbito travestista, seguramente nos molestará que alguien ajeno nos llame por ese

pseudónimo y reaccionaremos en protesta. Después de todo, tu lo sabes tan bien como

nosotros, no es aceptable ni adecuado, según las normas de nuestro sistema social

actual, que un varón disfrute usando vestidos bonitos, cosméticos ni que se comporte con

delicadeza y amabilidad extremas; no obstante, en honor a la verdad, ¿puedes imaginarte

que una persona arreglada con los más bellos ornamentos femeninos, embellecida con

todos los recursos del maquillaje y de la joyería, perfectamente peinada y ataviada, pueda

ser tratado como “Chuck” o “Jake”, , “Flaco” o “Zurdo”? ¿No te parecería ridículo? ¿No

crees que la forma habitual es más apropiada?

Nos has oído hablar a veces en términos, por ejemplo, de que “Theresa” estuvo

“encerrada en el clóset” hasta que, por fin, “ella” consiguió “salir” al ganar ciertas

“libertades”. Esto también parece perturbarte al grado de convencerte de que somos

auténticos esquizofrénicos o hasta locos de atar porque esa forma de hablar parece

contradecir nuestras aseveraciones de no padecer de “múltiple personalidad”. Permíteme

que te lo explique.

Lo que realmente queremos decir con eso es que nos hemos visto obligados a

ocultar nuestras TENDENCIAS durante años hasta que, por fin, logramos ser, en alguna

medida, comprendidos y nuestros seres más queridos (tu, en mi caso) nos autorizan a

ponerlas en práctica. Esta apertura nos permite aliviar en algún grado nuestra angustia,

gracias a la indulgencia de nuestras esposas, pues podemos entonces liberar nuestros

deseos más secretos y gozar de una determinada libertad al no tener que ocultarlos ni

reprimirlos.

Puesto que tu eres una mujer de cálidos y comprensivos sentimientos, con un gran

sentido común, confío sinceramente en que, a partir de ahora, estarás perfectamente

tranquila con respecto a las razones por las cuales a veces soy llamado “Theresa”. Salvo

en los escasos y breves períodos en que practico mis tendencias, yo sigo siendo tu Gene,

como es natural y masculino. Aunque parezca extraño, pero aún cuando simulo ser

“Theresa”, sigo siendo Gene. Este fenómeno te lo explicaré más adelante porque no

quisiera complicar demasiado mi exposición.

Tal vez tu sientes, como les sucede a algunas mujeres, que el impulso transgenérico

de tu marido — esa necesidad poderosa, auténtica e imperativa de personificar y

experimentar la feminidad— deriva de alguna forma de una posible o potencial falta de

femineidad de tu parte o bien de que, por alguna deficiencia de tu propio ser, carezcas del

suficiente atractivo personal. Mi muy querida bienamada, tal no es absolutamente de

ninguna manera el caso, como lo comprenderás en un momento. Para comenzar y con la

intención de esclarecerte la cuestión, permíteme decirte que mi travestismo ha estado en

mí por tanto tiempo como mi memoria alcanza y que el único efecto que tu has tenido en él

es el que intento describir enseguida.

Es una verdadera hazaña de increíble complejidad, dolor y amargura para un

hombre travestista el verse forzado a vivir año tras año en la íntima compañía, impuesta

por el matrimonio, de una mujer tan hermosa como tu eres, ocultando hasta la más mínima

expresión de su amargura y de su frustración. El estar el tiempo todo consciente de por

las muestras y accesorios de su feminidad legalmente justificada y, al mismo tiempo

atraído por ellas, constituye la forma más pura, la más dolorosa forma de tortura que

jamás se haya inventado. Poder constatar la fragilidad y delicadeza con que ella se rodea

imbuida de la naturalidad consecuente a saberse merecedora de tales atributos; ser

testigo constante de sus ademanes refinados, de sus actitudes sofisticados y reconocer

su confianza en sí misma y la serenidad de su conducta y porte en que se reflejan su

encanto y su belleza; ansiar compartir esa pequeñas preocupaciones que le son

prohibidas y en las que ella parece complacerse y disfrutar un placer intenso y sensual...

es entonces, amada mía, cuando la desesperación y una cruel envidia se apoderan del

alma de ese pobre hombre, lo mismo que de su ángel amado, hacia el cual se siente tan

intensamente atraído precisamente por su perfecto dominio de las artes femeninas, y todo

esto se convierte para él en el símbolo ostensible y humillante de su amarga frustración.

Su úlimo recurso es racionalizar esta compleja situación con toda claridad para guardarse

para sí toda su envidia, amargura y frustración, así como sus celos. ¿Cuántos hombres

son capaces de semejante sacrificio?

En síntesis, si tu no fueras una mujer de tan exquisita femineidad, de tan evidente

belleza, encanto y gracia; si tu encantadora personalidad femenina no estuviese

enriquecida por las cálidas cualidades de la cordialidad, la comprensión, el amor y la

dicha o si no te comportases con el orgullo y la seguridad que tu tienes en tu propia

condición femenina, entonces y sólo entonces, quizás podrías reprocharte de carecer de

algún aspecto de la femineidad, la madurez o el atractivo de la mujer. Sin embargo, si tal

fuese el caso, para empezar, nunca te hubiera pedido que te casaras conmigo ya que,

para mí, no representarías la perfección. Por lo tanto, querida mía, ten la seguridad

absoluta de que no hay mujer en el mundo que pueda motivar en mí el grado de respeto,

admiración, amor y devoción que tu motivas en mí y, por la misma razón, ninguna otra

mujer podría tampoco provocarme tan intensa envidia por su feminidad perfecta

precisamente porque, para mí, tu representas el ideal de perfección en ese sentido.

Es inevitable para nosotros, travestis, torturarnos siempre a nosotros mismos por

haber cortejado o desposado a la más deliciosa muestra de cualidades femeninas

perfectas que hayamos podido encontrar, como es mi caso también con respecto a tu

encantadora persona, porque a quien adoramos es a quien intentamos emular. Y

entonces, bienamada, cuando, después de haber encontrado a esa joya, como a mí me

aconteció, descubrimos en ella la mente y el alma de una mujer amante, comprensiva y

solidaria, su compañía nos abre las puertas del paraíso. Lo contrario constituye el infierno

en esta tierra.

Como es natural, en virtud de la perfección de la imagen que intentamos imitar por

medio de nuestras personificaciones, los travestis también somos fanáticos de la

perfección. No les envidiamos sus atributos físicos, ni sus glándulas o sus efectos; lo que

pretendemos imitar son sus consecuencias en cuanto tienen un valor cosmético. Les

envidiamos solamente su apariencia y sus características más típicas relacionadas con la

capacidad de transformación estética, así como la habilidad para proyectar una imagen lo

más alejada posible de lo que realmente somos. Intentamos asimismo compartir con

ustedes ese relajamiento consecuente por breves lapsos de tiempo que nos permita un

descanso de nuestro universo masculino gracias al ejercicio temporal de la dulzura, la

suavidad, la delicadeza y el refinamiento cuya manifestación nos está vedada por nuestra

condición masculina. Como es lógico, cuando emprendemos nuestras breves incursiones

al mundo de fantasía femenino, somos mucho más exigentes en cuanto a la perfección que

la mayor parte de las chicas auténticas, puesto que ellas ya nacieron con todos los

atributos que nosotros pretendemos imitar. Cada uno de los modelos congénitamente

femeninos cuenta ya con las virtudes de gracia, de configuración delicada, de formas y

características refinadas y todas las características cimbreantes y adorables en su

apariencia que nosotros deseamos desesperadamente poseer o, cuando menos, imitar

por medio de nuestras interpretaciones; la consecuencia natural es que, cuando nos

feminizamos, deseamos ser tratados por los demás, pero sobre todo por tí, como lo serían

los objetos de nuestras imitaciones, es decir, recibir las atenciones correspondientes a

la apariencia que asumimos. Cuando ustedes nos tratan como a las chicas que

pretendemos ser en esos momentos, su trato nos afecta profundamente porque significa

que se dan cuenta de la perfección que ustedes representan para nosotros y que nos

están concediendo y permitiéndonos compartir en cierta medida y por algún tiempo ese

tan deseado encanto que tan ávidamente respetamos y admiramos en ustedes.

Deseamos representar el rol de una mujer en un mundo de mujeres, tan

perfectamente como nos es posible, así como lograr una apariencia tan perfecta como

podamos. Pero sería aberrante si actuáramos semejante papel y, al mismo tiempo, nos

comportáramos como hombres de pelo en pecho, ¿no te parece? Si así lo hiciéramos, nos

convertiríamos en un remedo sórdido y grotesco de lo peor de ambos sexos.

Nos esforzamos por vivir nuestras vidas de varón de la manera más decente y

honesta que podemos y, por tanto, cuando nos evadimos de ella y nos permitimos vivir

unos momentos de expresión controlada de nuestra deliciosa (para nosotros) fantasía,

también tratamos y con igual esfuerzo, de comportarnos como chicas decentes:

recatadas, amables, con modales refinados propios de una dama. Es natural, entonces,

que nos guste ser tratados en esas ocasiones como creemos habernos hecho

merecedores por nuestra conducta, de la misma manera que le gustaría a cualquier chica

verdadera, que se comportara con iguales rasgos de carácter, que la trataran..

Como ves, para nosotros, la personificación es un fin en sí mismo y, en verdad,

constituye el propósito y la idea final de todo el proceso. No nos “vestimos” con otros

propósitos ulteriores ni como un medio para lograr otros fines. No nos vestimos de mujer

con la intención de atraer a otros hombres ni para “engañar” a propósito a nadie (salvo a

nosotros mismos y, eso, con plena consciencia); nos “vestimos” como un reconocimiento

supremo a la perfección que nosotros adoramos. Actuamos de esta inexplicable forma

para compartir lo más completamente posible aquello que tanto amamos, la perfección

del encanto femenino al que consagramos todo nuestro amor y todos nuestros empeños.

Algo más. Hoy en día, como ha sido siempre a través de los tiempos, el mundo

masculino es un mundo duro, exigente, competitivo en el que escasean las oportunidades

de disfrute de la más mínima dosis de serenidad y paz. Y, por otra parte, el universo

femenino nos parece en cambio un ámbito que contrasta por completo con el nuestro y

ansiamos compartirlo aunque sólo sea durante unas cuantas horas para disfrutar de su

serenidad, su tranquilidad y su calma, así como las satisfacciones táctiles que le son

propias y, al mismo tiempo, sumergirnos totalmente en esa adorada imagen.

Nuestras necesidades de refinamiento, delicadeza, suavidad y afectación en el

vestido, el ambiente, el comportamiento o la compañía son imposibles de satisfacer en el

universo masculino debido, por supuesto, a la necesidad de preservar nuestra reputación,

dignidad e ingresos que imponen las duras normas que en la actualidad rigen todo el

sistema social. No es entonces sorprendente que nosotros, los que competimos en la

jungla masculina, ansiemos un escape momentáneo para apaciguar un poco nuestra

insatisfecha necesidad espiritual de tranquilidad y paz, así como para permitirnos estar en

contacto con todas esas hermosas cositas delicadas y tan agradables, todas esas cositas

que por regla general nos están vedadas. En algunas personas esta necesidad de escapar

adopta la modalidad del travestismo.

Casi todos los travestis consideran que ustedes, las mujeres, gozan de la mejor

parte de la vida, gracias a su habilidad para vivir ajenas a la necesidad de la competencia

aguda y de todos los turbulentos e imperiosos esfuerzos, tanto físicos como mentales,

que impone dicha competencia. ¡No es raro que ustedes nos sobrevivan!

Todos nosotros — y me siento autorizado para hacer tan amplia generalización sin

temor a ser contradicho porque yo he vivido en este universo transgenérico cada uno de

los días de mi vida— , repito: todos nosotros las adoramos a ustedes, las genuinas

mujeres, las amamos y las reverenciamos, las veneramos y las idolatramos, las

respetamos y las envidiamos, única y exclusivamente por ser lo que son: hermosas,

amables, suaves, delicadas, verdaderas damas, frágiles mujeres. Y nos sentimos tan

intensamente atraídos por ustedes en calidad de amantes y de objetos de nuestra

adoración que deseamos sobre todas las cosas compartir literalmente cada uno de los

aspectos de su maravillosa existencia. Y ésto, que ahora te resultará evidente, es una

forma mucho más profunda y mucho más preciosa de compartir, que cualquier otra que

puedan asumir los llamados hombres “normales”. (Y hasta es probable que dispongamos

de un más alto grado de capacidad de posesión).

Por todas esa razones, nosotros intentamos parecernos a ustedes, comportarnos

como ustedes, sentir como ustedes sienten y ser tratados con el mismo trato que ustedes

reciben, cuando menos durante los breves momentos en que nos sumergimos en esta

efímera, ansiosa vida.

Mi bienamada, eso es más o menos lo que yo puedo decirte. Es la verdad y, la

exposición más clara y exacta que me es posible de la exploración introspectiva de lo que

mi espíritu siente.

Espero que la lectura de estas líneas te permitirá conocer mejor, para bien o para

mal, mi pensamiento; porque, cuando tu me acordaste tu anuencia y hasta tu asistencia

con respecto a mi travestismo, te prometí que nunca más te ocultaría nada y, desde

entonces, no guardo para tí ningún secreto... nunca más.

Con todo mi amor,

Gene.

Listing Site Updates

 

El travestismo es la expresión de una personalidad estrictamente individual,

mientras que la actividad homosexual requiere de dos personas. Por lo tanto, los

homosexuales tienen que revelar sus inclinaciones, mientras que los travestistas no, de

modo que pueden mantener secretas sus actividades.

2) En la práctica, ningún travesti aconsejará, inducirá o influirá para que otra persona

adopte el travestismo. Conoce el oneroso precio a pagar y lo ha padecido lo suficiente

como para deseárselo a otra persona. En cambio, la mayor parte de los homosexuales no

duda en indoctrinar e iniciar a otras personas en sus prácticas.

3) La persona homosexual todo el tiempo es como es, de día y denoche, su

personalidad se mantiene constante. Un travesti, en cambio, alterna sus personalidades:

como varón, es masculino y se comporta como tal; pero su otra personalidad es femenina

y, como tal, en gran media olvida su vida como hombre.

4) Muchos homosexuales, aunque de ninguna manera la totalidad, adquieren

modales de alguna forma afeminados (incluso durante sus actividades de tipo masculino);

ésto les resulta necesario puesto que ellos, en efecto, están asumiendo por completo el

papel femenino. En cambio, el travesti, nunca muestra un comportamiento femenino

durante sus actividades como varón. No lo necesita ni lo intenta. El travestista, de hecho,

vive dos personalidades.

5) Hay que considerar también el aspecto motivacional. El travesti adopta un

atuendo femenino como expresión de su personalidad interna;mientras que elhomosexual

de los llamados “locas” lo hace para provocar un efecto externo, o sea, para atraer a otros

machos con propósitos sexuales y para reducir la culpabilidad de ambos.

Estos cinco factores de diferencia son mucho más importantes para distinguir estas

dos formas de comportamiento que la similaridad única que pueda haber entre ellas, es

decir, que algunos (de ninguna manera todos) homosexuales también se inclinan por la

adopción del vestido femenino.

Nunca insistiremos demasiado en la importancia de distinguir claramente al

homosexual del travestista, quien es un varón heterosexual cuyo objeto afectivo es la

mujer. Si bien ésta es una distinción básica, no siempre resulta perceptible para un

observador externo. Sin embargo, las estadísticas demuestran, en el Informe Kinsey, una proporción de incidencia de conductas homosexuales relativamente menor entre los

travestistas que la que se manifiesta con respecto a la población general.

El travestismo y el fetichismo van fuertemente ligados. Este deposita en las ropas femeninas un alto contenido erotico, que ya exagerado, lo induce a querer usar dichos fetiches por el mismo. Este comportamiento, sumamente intimo en la mayori­a de los casos, no trae aparejado delito alguno, ya que no es dañino para nadie, por inofensivo y por limitarse, justamente a la intimidad.

Porque un hombre se viste de mujer?

Si bien en cada caso, operan motivos individuales a la psicología de cada travesti, podemos entender, el trasvestismo como un termino sociológico y encontrar una respuesta global a este tema.


El travesti heterosexual encuentra en la mujer el objeto de su deseo y hace un desplazamiento a su ropa, cargando a estos elementos con alto contenido erótico fetichista en su anhelo por poseer a la mujer. La admiración por ella y el deseo desplazado, convierten a su vestimenta en el objeto deseado.

Si bien muchos travestis se limitan a usar solo ropa interior femenina, la falda pasa a tener un protagonismo esencial en la vida de una travesti.

La ropa interior de ambos sexos, cada vez se parecen mas, y como su nombre lo dice, son ropajes interiores. Lo que el travesti busca, es la exteriorización de ese sentimiento y necesidad de travestirse, en la mayoría de los casos, en la intimidad.

Es por eso, que la falda pasa a tener un valor agregado muy especial. Para empezar, la falda te envuelve y te cubre, te protege. Siendo una prenda de uso exterior, es indudablemente femenina y con altísimo contenido erótico, incluso para los hombres no travestis y las mujeres mismas.

Es Realmente inofensiva la actividad travesti ?

No, no lo es. En absoluto. Pero no es ofensiva para terceros, solo se ven afectados el propio travesti y su entorno, lo sepa o no.

Es casi imposible imaginarse a un travesti haciendo daño a un tercero, pero pude hacerlo sin querer, cuando, por ejemplo, le informa a su mujer u otro familiar sobre su condición, y esta tiene un shock emocional. Mas allá si este shock emocional esta justificado o no, estas paginas, como tantas otras y muchos libros escritos sobre el tema, tratan de traer a la pareja cierta tranquilidad sobre el tema.

El hecho de que la mujer de un travesti, no sepa la realidad de su marido, también puede resultar afectada por su condición, ya que el marido puede sentir la falta de confianza en su pareja para compartir una sensación muy fuerte que lleva adentro. Provocando consciente o inconscientemente, tirantez en la pareja, indiferencia, etc.

Aunque el verdadero daño, va por dentro. El travesti sufre y no es victimario en el otro por ser tal, sino que el mismo es la víctima. La no posibilidad de encausar correctamente el travestismo, puede ocasionar trastornos en el dormir, comer e ínter-relacionarse con su propia mujer y con terceros. El amor, cariño y dulzura que conviven con el travesti, pueden convertirse en bronca, rabia, indiferencia, etc. Todo esto, lo sufre el travesti en su interior y por ende, su pareja o núcleo cercano.

entender un poquito a los travestis

Es generalmente aceptado que ningún hombre es 100% masculino ni mujer alguna

es 100% femenina. Siendo así, todo varón tiene cualidades femeninas que requieren

expresión y cualquier mujer tiene cierta agresividad, tendencias de dominación, etc. en

varias de sus actividades, pero, en su caso, le es permitido ataviarse de la manera más

adecuada para realizarlas. Es así que contamos con mujeres militares, mujeres policías,

conductoras de autobuses, remachadoras, mensajeras motociclistas, etc. En todos estos

casos, ellas visten ropa evidentemente masculina que resulta adecuada y deseable para

satisfacer tanto sus exigencias internas propias, como las impuestas por tales

actividades.

Sin embargo, en el caso del varón que pretenda expresar sus cualidades femeninas

como su ternura, su ausencia de agresividad, su capacidad de compasión o bien su gusto

por el color, el diseño y la belleza o sus talentos artísticos o domésticos, será mal visto o

será objeto de burla y escarnio. Una persona así llegará a sentirse completamente

inadecuada al manifestar este aspecto de su personalidad vestido con pantalones. De

esta modo, así como la mujer que conduce un autobús puede armonizar sus deseos

íntimos con las condicionantes impuestas por su trabajo, gracias a que viste un atuendo

masculino; el varón que intenta expresar su personalidad y liberar el aspecto femenino de

su ser, podrá lograr mayor armonía vistiéndose de mujer, aplicándose maquillaje y

calzando zapatillas de tacón alto, etc., que usando pantalones. Es por eso que él adopta

atuendos femeninos, maquillaje y bisutería para permitir que su lado femenino “viva”.

Ataviado de esta manera, sus sentimientos y patrones de conducta que resultan

inapropiados para una persona viril, se tornan aceptables y pueden ser expresados. El

hombre tiene tanto derecho como la mujer a la emancipación y a la libre expresión.

Es importante poner énfasis en que así como la mujer que conduce un autobús es

perfectamente capaz de ser una buena esposa y una buena madre en cuanto termina su

trabajo y vuelve a vestir su ropa femenina; el varón travestista no sacrifica ni pone en

peligro su masculinidad como consecuencia de sus ocasionales conductas

transgenéricas. Las esposas y los parientes que consiguen entender este hecho,

descubrirán que el varón que así se comporta se convierte en un ser humano con una

capacidad de comprensión mucho más amplia, profunda y sincera gracias,
precisamente,

a su “doble género”. de la que de otra manera podría tener.

En nuestra cultura, el hombre común está muy a la defensiva con respecto a toda

manifestación o sospecha de feminidad. No obstante, en todos y cada uno de ellos hay un

cierto grado de feminidad. Aquellos hombres que toman consciencia de esta

circunstancia, que aprenden, sin culpabilidad, a aceptar el lado más tierno de su

naturaleza, ya sea por medio del travestismo o de alguna otra forma, por lo general se

vuelven mejor integrados, más seguros y más íntegros como seres humanos, por el hecho

de haber actuado así. Ellos dejan de estar en conflicto con una parte de sí mismos y de ser

hipersensibles a las opiniones de los demás.

¿Qué son los travestis? ¿cómo podemos saber que alguien lo es? ¡La respuesta es

que no es posible saberlo! Los travestistas no salen a las calles admitiendo a voz en cuello

sus tendencias. Las guardan en secreto debido a su miedo al ridículo o a las acusaciones

de homosexualidad. No sería posible detectar a simple vista a una persona transgenérica

porque, en promedio, se trata de un hombre casado, por lo general es un padre y está

bien integrado a la sociedad. Es eficiente y adecuado en el campo de sus relaciones de

trabajo y, desde cualquier punto de vista, resulta ser “un buen tipo”. Sin embargo,

muchos hogares se han deshecho y muchas relaciones entre el padre y los hijos han sido

gravemente afectadas debido al descubrimiento o revelación de las conductas

transgenéricas del marido, del hijo, del hermano, del padre o del amigo. Cuando las

personas no tienen suficiente información, es imposible que sepan cuál es el fondo del

problema y lo comprendan. Y cuando no lo entienden, se sienten temerosos e inseguros,

y, teniendo miedo, se tornan crueles. Así es la vida. Ahora bien, la razón de ser de este

libro es que el conocimiento y la comprensión puedan revertir esta cadena.

Entiéndase que no se pretende difundir el travestismo, sino paliar los muchos

sufrimientos infligidos por la sociedad en virtud de su reacción tan excesivamente

represiva, debida simplemente a su falta de comprensión de la verdadera naturaleza de la

persona transgenérica y a que la ha confundido con otros patrones de conducta. Es de

desear que esta discusión amplíe el horizonte del conocimiento y de la comprensión de

aquellos que la lean y que amplíe su consciencia de las complejidades del animal humano

quien, como un
iceberg, con frecuencia tiene una mayor existencia por debajo que por

encima de la superficie. Esta consciencia nos volverá más comprensivos y tolerantes para

con nuestros congéneres.

Escribeme a mi correo

De la Esposa de un Travesti hacia otra esposa, amiga, familiar o pariente.

¿Cuántas veces has renegado de usar
maquillaje, tacones altos, sandalias,
cabello largo, medias, faldas, vestido,
esmalte, aritos, etc.…y cuantas veces
igual que a muchas otras mujeres, te
permites alternar entre eso y modas
unisex?

¿Sabes? somos afortunadas
porque podemos escoger


Fíjate: la mayor parte del tiempo (menos para las galas)
podemos elegir entre prendas femeninas y modas
unisex: pantalones, chinelas, mocasines, tenis, poco o
ningún maquillaje, cabello corto,… sin necesidad de
fingir masculinidad. Nos basta con ser lo que somos:
MUJERES


Usar modas unisex lo vemos tan cotidiano desde
que somos niñas y están tan integradas en la
cultura occidental, que ya nadie entra en shock,
ni nadie nos puede prohibir ni reclamar por
usarlas DIARIAMENTE, ni se nos tildará de
marimachas porque ¡estamos a la moda!


Estas modas unisex partieron de las modas varoniles,
pero se modificaron para nosotras desde a mediados
del siglo XX. Gracias a los movimientos feministas
también podemos adoptar actitudes activas como
hacen las ejecutivas de negocios: nos emancipamos.


Esta fotografía apareció en la
Revista VANIDADES
CONTINENTAL, Número 40,
año 25, de fecha Diciembre 9
del año 2000. El letrero es
más o menos franco al decir
“Cómo si lo hubieras tomado
prestado del guardarropa
masculino…” Obviamente,
igual que la mayoría de la
ropa “unisex”, resulta ser una
adaptación del vestuario
masculino. No podemos
negarlo: ¡Nos apoderamos
de la ropa de ellos y la
adaptamos a nosotras!


¿Te imaginas que un buen día se nos prohibiera a
las mujeres los pantalones, jeans, buzos, tenis,
mocasines, chinelas, calcetines, camisetas,
trajes, ni para combinar con prendas “nuestras”,
ni para los días fríos, ni como pijama, ni para
hacer gimnasia, ni para estar en nuestra casa?


¿Te imaginas que las mujeres SOLO pudiéramos usar vestidos,
faldas, tacones altos, sandalias, aunque nos congelemos en
días fríos? ¿Y que por atreverte a mostrar tu lado fuerte en los
negocios o cortar tu cabello te llamen “machancona”? ¿Y te
imaginas que andar sin maquillaje en tu propia casa sea motivo
suficiente para que te tildaran de “marimacho”, aunque tu
preferencia sexual fuera 100% por los varones?


Ahora, imagina que a los varones, igual
que hoy, se les permitiría usar lo que a
ti se te prohibiera usar: pantalones,
mocasines, jeans, tenis, trajes, cero
maquillaje, cabello corto,… ¿imaginas


que también se les permitiera usar faldas, vestidos,
tacones altos, medias, maquillaje, etc., todo adaptado
para ellos, cuando quisieran y combinarlos como
quisieran, además de poder ser delicados cuando
quisieran, y que para todo eso no tuvieran que fingir
feminidad, pues sólo les bastara ser ellos mismos:
VARONES?


¿Te imaginas que esa ropa y artículos “unisex” les
fuera tan cotidiana desde niños y que estuviera
tan integrado su uso en la cultura occidental,
que ya nadie entraría en shock, ni les prohibiera
ni reclamaría por usarla DIARIAMENTE, ni los
tildará de maricas porque ¡están a la moda!?


¿Acaso no sentirías envidia de los varones y su
facilidad para alternar y/o combinar modas unisex
(unisex para ellos, no para nosotras)? No les
envidiarías su facilidad para alternar entre actitud
delicada y fuerte? ¿No los considerarías unos
privilegiados?


SI ASÍ FUERAN LAS COSAS:
¿Acaso no te entrarían ganas de
usar un par de jeans o unos
mocasines o tenis, siquiera para los
días fríos? ¿No te gustaría ser un
poco agresiva para “darte tu lugar”
de respeto en tu trabajo?
TEN POR SEGURO QUE SÍ.
SOLO QUE…


Si osaras hacerlo en público, tendrías que
“disfrazarte” de hombre, pasar por
hombre. Tendrías que transvestirte. Y no
por eso serías “lesbiana” ni “marimacho”
(sólo te gustan los hombres ¿recuerdas?).


La realidad es exactamente opuesta: que un varón se atreva
usar prendas femeninas es motivo discriminatorio, aunque
combine con prendas varoniles, en forma ocasional. No se
les permite expresar su lado delicado, ej. llorar en el
trabajo para desestressarse; en muchos sitios no pueden
decir que algo es “lindo” o “bello”, por no quedar como
maricas: debe decir que es algo es “padrísimo”, “excelente”;
tampoco se dan el lujo de sentirse sensuales...


Si te fijas, entre los seres vivientes, sólo la
especie humana es la que ha puesto tantos
obstáculos y diferencias sociales entre los
sexos. Ninguna otra especia hace tanta
diferencia entre “masculino” y “femenino”
fuera de la morfología propia.
Las modas “unisex” nunca lo son partiendo de
las prendas femeninas, es decir, no son
unisex para los varones, simple y
llanamente, es su propia ropa; no hay
vestidos, faldas, tacones altos o maquillaje
para varones ni siquiera para moda informal
dominguera, mucho menos para trabajar.

Muchos varones secretamente desearían usar con libertad
una falda, un par de zapatos de tacón alto, maquillaje, etc.
Para no ser criticados tienen que “disfrazarse”, “pasar” por
mujeres. Son transvestistas y no necesariamente
homosexuales. Aprecian lo dulce, los detalles, y expresar
su lado delicado. Ellos saben que para otros usar ropas
del sexo opuesto es “incorrecto”, pero ellos no logran
sentir ni entender “porqué tiene que ser incorrecto”…


A muchos de los transvestistas, siendo muy niños, cuando no
distinguían entre “ lo de niño” y “lo de niña”, se les avergonzó o
castigó, por usar prendas femeninas inocente y/o
involuntariamente, y no quedaron conformes. Por eso nunca
asimilaron el porqué era inapropiado para ellos: se les orilló a
un Fracaso en la Socialización del Género.
Vivieron rodeados de mujeres que usan esas prendas tabú y con
figuras maternas tan dominantes, que después ese dominio lo
sienten del resto de las mujeres. La única forma de probarse a
así mismos que –por usar esa ropa -las mujeres no somos
privilegiadas, ni que esa ropa prohibitiva sea “mágica”-, es
precisamente, usándola ocasionalmente y adaptando
manerismos femeninos. Luego de varias horas así, satisfechos
vuelven a ser los varones de siempre.
Al fracasar en resolver el conflicto de su infancia, se transvistenocasionalmente, con lo que “se sitúan” inconscientemente en
el momento previo a aquel incidente: buscan la tranquilidad
que se les quitó. Muchos desearán hacerlo en público, pero
para ello deben lograr “pasar” por mujeres, de incógnito
protegiendo su identidad, en lugares seguros y concurridos.
El temor inconsciente al “castigo”, lo aprenden a combatir
manejándolo como fetiche sexual. Si sienten aceptación plena
de nosotras, ese temor disminuye considerablemente.

Según estadísticas de Kinsey, sólo 1 de cada 100 varones es
transvestista, en su mayoría heterosexuales. Los
heterosexuales no lo hacen en forma escandalosa. Cuidan su
secreto. No desean vivir transvestidos ni cambiar sexo, porque
disfrutan ser varones. Nos adoran, nos idealizan, nos
admiran, nos aman. No se burlan ni compiten con nosotras, ni
se prostituyen vestidos así.
Sólo el 10% de los varones es homosexual. En su mayoría son
tan varoniles que no se notan, ni se transvisten; es más:
muchos ven de menos a los que lo hacen. Los pocos homosexuales
que se transvisten son en realidad transexuales: se
sienten verdaderas mujeres encerradas en cuerpo de hombre
(Disforia de Género); desean cambiar sexo y así buscan pareja
varón; algunos se prostituyen. También hay transexuales
heterosexuales: sólo prefieren sexualmente a las mujeres.
Si tienes un pariente/novio/esposo transvestista, no lo rechaces.
Te diré por experiencia, que es el hombre más comprensivo,
detallista, amoroso y caballeroso que conocerás. Mi marido,
transvestista heterosexual me dio los mejores 15 años de mi
vida hasta que murió en accidente de aviación. Esta
presentación la hago por amor a él, por otros como él y por sus
seres queridos.

Con mi esposo, al principio, desconocíamos muchas cosas;
gastamos tiempo y fortunas en algunos psiquiatras que sólo
nos hicieron sufrir a ambos cuando intentaron “curarlo” (no
hay cura real). Otros no se atrevían a tratar de “curarlo” y másbien se enfocaban a reglas de convivencia. Con ellos
aprendimos que el problema era que yo no quería entender
que él tenía una necesidad emocional, y por otra parte, él no
aceptaba su situación, por más que se reprimía; luchó mucho
consigo mismo, lo cual me consta, pero era infeliz así.
Entendí que yo lo amaba por tantos otros aspectos bellos de
su vida y que ese era sólo un aspecto de él. Y él, se aceptó.
Si estás en esa misma situación, busca información seria. Ni tu
ni él tienen la culpa de que él sea así. Él te ama y tiene miedode perderte. Habla con él, muéstrale antes esta presentación
y abran su mente. Es normal estar estresados al principio. Si
desean ayuda profesional, orientación, consejería, busquen
un terapeuta de enfoque humanista. Juntos lograrán
atender la situación y a sacarle partido. Establecerán pactos
de respeto a los derechos de cada uno y del uso del tiempo
compartido. Mejorarán increíblemente su comunicación y la
intimidad. Aprenderán a valorarse en muchas formas. Serán
felices como nosotros logramos serlo por 15 años. Busca
grupos de apoyo.

CUANDO HAY AMOR DECUANDOHAYAMORDE
VERDAD…¡NADA SEVERDAD…¡NADASE
INTERPONE A LAINTERPONEALA
FELICIDAD!FELICIDAD!
¡Sean Felices!